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Reseña de Los restos del día de Kazuo Ishiguro

Última actualización: mayo 27th, 2021

Si al empezar a leer este libro te preguntas: ¿qué coño hago yo perdiendo el tiempo con un personaje tan odioso, creído, petulante y vanidoso? No desistas, la cosa mejora a partir de la página 50 (aproximadamente).

Los restos del día es una novela inteligente y divertida que nos presenta a Mr. Stevens, el mayordomo ya mayor de Darlington Hall, una mansión que antes pertenecía al Mr. Darlington, un señor inglés que murió hace tres años y que, desde entonces, pertenece a Mr. Farraday, un millonario estadounidense. Mr. Farraday propone a Mr. Stevens que se tome unos días de descanso y aproveche para viajar. Será el primer viaje de Mr. Stevens y planeará irse por el oeste del país con el fin de conocer los hermosos paisajes de la campiña inglesa, no obstante, esconde una motivación mucho más potente: visitar a Mrs. Benn, que había sido ama de llaves en Darlington Hall hace unas décadas y a la que Mr. Stevens se sigue refiriendo como miss Kenton, su nombre de soltera.




El viaje (o la historia-marco) tiene lugar en 1956 y pasa a un segundo plano cuando Mr. Stevens comienza a contarnos la historia, a modo de confesión, de toda su carrera profesional en Darlington Hall.

Estamos ante una obra lenta y sosegada, lo que sirve de atmósfera perfecta para el viaje a bordo del elegante Ford (prestado) en el que viaja Mr. Stevens. Se hace necesario entonces rebajar las prisas de estos días y degustar con calma esta obra. La personalidad del protagonista genera una especie de amor-odio en el lector y es, a mi modo de ver, el motor principal para seguir leyendo.

Mr. Stevens respira y se nutre de la nostalgia de los tiempos pasados. Podríamos considerar a este personaje una especie de simbolismo de la decadencia de la propia Inglaterra de entreguerras, que anhela tiempos pasados.

“Yo prefiero las cosas a la antigua usanza”.

Mr. Stevens es un mayordomo arrogante, altanero, autocomplaciente, cotilla, que se da más importancia de la que nadie nunca le dará y está obsesionado con su trabajo, es un señor con problemitas, ¿un posible asperger? Que no consigue entender los sentimientos o no se atreve a enfrentarlos. Usa un lenguaje muy correcto, preciso y estirado, que es el que le da ese aire snob. Estarás imaginándote a ese mayordomo paseándose por la casa con un palo de escoba metido por ahí y viendo a ver de qué se puede enterar… porque eso es lo que hace que este personaje empiece a llamar nuestra atención y sobre todo lo que evita que la obra sea un completo aburrimiento : esa contradicción entre lo que dice y lo que hace, la forma tan naif que tiene de justificarse:

“Durante estos últimos meses, he sido responsable de una serie de pequeños fallos en el ejercicio de mis deberes, Debo reconocer que todos ellos son bastante triviales. No obstante, comprenderán ustedes que para alguien acostumbrado a no cometer este tipo de errores la situación resultaba preocupante, por lo que empecé a elaborar toda clase de teorías alarmistas que explicaran su causa.”

Los diálogos entre Mrs. Benn y Mr. Stevens son los que consiguen aumentar el ritmo lento de la obra para dar un toque de color y un cambio que el lector agradecerá.

El mayordomo se convierte en un narrador poco fiable de manual. Es posiblemente este concepto uno de los más importantes de la obra, que le otorga ese carácter experimental, en el que el mayordomo crea su propio personaje: el mayordomo de la historia que cuenta y, pudiendo hacer al lector consciente de estar leyendo ficción (aumentado por el hecho de que le mayordomo se dirija directamente al lector), consigue que el lector siga leyendo e interesado, porque al final, no deja de ser una característica realista que pone de relieve cómo en nuestro día a día distorsionamos y ocultamos información. El lector se divierte con la pregunta: ¿hasta dónde puedo creerme? Y la afirmación: ¡Este mayordomo es un zanguango!

El relato en sí es la confesión que quiere hacer el propio mayordomo, pero está llena evasiones de la verdad, la esconde y se justifica. Finalmente, este relato le hace entenderse a sí mismo y consigue una respuesta a esa pregunta que nos persigue a lo largo del libro “¿qué significa ser un gran mayordomo?”, pero ya demasiado “al final”, demasiado tarde, a la vista de esos “restos del día”, viendo atardecer desde la costa inglesa.

El estilo y el lenguaje que usa Kazuo Ishiguro no tiene nada de original o artificioso, pero recrea perfectamente la jerga de mayordomo y nos permite, sobre todo, ser perfectamente conscientes de esa falta de sintonía entre lo que dice y lo que piensa. Es precisamente esto lo que nos hace ir siguiendo la historia e ir descubriendo las verdades sobre su antiguo señor, Mr. Darlington, ¿tiene realmente esa gran moral de la que alardea Mr. Stevens? Y las intenciones de seducción de miss Kenton, a las que él fue incapaz de atender, reconocer o a las que simplemente no se atrevió a reaccionar.

En definitiva, sin ser un tema o una historia que me interesen especialmente, me ha parecido un libro muy divertido y original. Se ve claramente que detrás de esa sencillez y aparente levedad de la obra, se esconde un preciosismo y cuidado muy meticuloso y merece la pena darle una oportunidad a ese mayordomo tan pedante. Personalmente, me encantará seguir leyendo obras de este autor.

 

Reseña de la novela de ficción Los restos del día de Kazuo Ishiguro, edición 1990, editorial Anagrama, colección Panorama de narrativas.

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